Recuerdo ese día en que nos íbamos al colegio con una caja de zapatos para que algún amigo nos diera unos cuantos de esos bichos, a los que luego teníamos que alimentar con las hojas de morera. Ahí llegaba lo difícil, ya que todo el mundo tenía gusanos, y en los 80, al contrario que ahora, no había demasiadas moreras por el pueblo, así que teníamos que buscarnos la vida, coger la bici e irnos a buscar donde fuera, pero incluso así, había veces que no conseguíamos hojas, bien porque no nos apetecía ir a buscarlas, o bien porque le daba por llover justo cuando querías irte. Era entonces cuando le quitabas a tu madre un par de hojas de lechuga y se las ponías a los gusanos...total, que podía pasar, si al fin y al cabo eran verdes como las hojas de morera.
Después de un tiempo, que no recuerdo cuánto era (si queréis información sobre los gusanos de seda, pinchad aquí), los gusanos, ya enormes, hacían su capullo, y ahí se metían. Ahora tocaba guardar la caja, y al año más o menos, volver a abrirla para ver las mariposas muertas y montones y montones de gusanos naciendo. Aunque eso sólo si te acordabas donde estaba la cajita, o si tu madre no la había tirado a la basura un día de limpieza, como ya te avisó, con esas palabras de toda madre: "o guardas esto en otro sitio o va a la basura". Y así, vuelta a empezar, si no te acordabas de ellos, los profesores del colegio te lo recordaban, y algún amigo tenía millones de gusanos que se dedicaba a repartir por el colegio.
Y así pasaba la vida en el colegio, entre fútbol, gusanos de seda, paseos en bici... Otra vez más siento nostalgia de aquellos días, así que dejaré de escribir para volver a la vida real.



0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada